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De niños maleducados y madres traidoras

21 noviembre 2019. 12:23 am

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¿Qué pasaría si empezáramos a distinguir a qué somos fieles con cada acción?

De niños maleducados y madres traidoras
Photo by Juanmonino on iStock

Imaginemos un día de fiesta. Puede ser una reunión familiar de invierno o un encuentro campestre de verano con amigos. Hay gentes grandes y pequeñas, movimiento, entretenimientos varios. Estamos felices, nos alegramos de ver a algunas personas a las que hacía tiempo que no veíamos, nuestro hijo pequeño tiene otros niños con los que jugar y todo apunta a que por fin vamos a poder charlar un rato sin tener que atender los interminables requerimientos de nuestro hijo.

Pero el pequeño tiene otros planes. No está conforme, reclama nuestros brazos constantemente. Maldita sea. “¿Por qué no juegas con esa niña? Mira, puedes hacer tal cosa”, le decimos. Y nos sumergimos con ansia en el universo adulto durante un minuto. Pero entonces, nuestro hijo vuelve. Está malhumorado, una niña que lo sigue insiste en relacionarse con él, y no se desanima cuando él busca cobijo en nuestros brazos. Intentamos que nuestro hijo acepte ser cogido de la mano por la niña, sin éxito. Probamos de nuevo a proponerle algo para que se entretenga, y empezamos a sentir cierto resentimiento hacia nuestro hijo: “podías estar jugando, y yo airear un poco, no sé por qué no aprovechas toda la diversión que tienes al alcance ahora mismo, que no me dejas ni respirar”.

Amar a mi hijo
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La niña sigue detrás de nuestro hijo, que sigue dando señales de querer estar a su aire. Tratamos de encauzar la situación para poder seguir socializando en el añorado mundo adulto. Hasta que la niña coge las cosas con las que nuestro hijo estaba por fin entreteniéndose e invade el espacio vital del pequeño, que la empuja hacia atrás.

¡¡¡Ah, Maldición!!! ¡¡Eso sí que no!! ¿Qué van a pensar nuestros amigos de este niño nuestro que empuja a esta pequeña que solo quería relacionarse con él? La sensación de estar expuestas públicamente por el comportamiento de nuestro hijo se une a nuestra contrariedad porque el plan no está saliendo como habíamos proyectado. “¿Qué estás haciendo? ¿Pero qué es lo que te pasa? ¿Cómo empujas a esta niña? No la empujes, eso no se puede hacer, ¿me oyes?...” Nuestra voz contiene la rabia y la frustración que sentimos porque nuestro hijo no está cumpliendo con nuestras expectativas. Estamos cada vez más enfadadas, y el pequeño también. Lo alzamos en brazos para tratar de contener las nubes de tormenta que avanzan por los ojos del pequeño y cuya descarga tememos en público, y tan pronto como está a la altura adecuada nos sirve un bofetón. Entonces nos sube un fuego desde el hígado, un fuego que quemaría al pequeño si le diéramos vía libre. 

Situaciones como ésta, que vivimos muchas madres e hijos cada día, suelen quedarse sin más palabras que “el niño se ha portado fatal”, “es un caprichoso”, “es demasiado dependiente” o “se puso agresivo”. Pero si nos preguntamos de dónde vienen estas palabras, ninguna nace de la conciencia ni del corazón. De hecho, vienen de una mentalidad muy extendida pero corta de miras, que valora el confort adulto por encima de las necesidades de los niños. Vienen de un sistema regido por ideas y normas tajantes respecto a lo que está bien y mal. Un sistema que establece lo que los niños deben hacer, sentir y ser.

Si rebobinamos la escena desde el punto de vista del niño, tenemos la siguiente historia: llegamos a un ambiente fuera del habitual, lleno de un montón de personas ruidosas que están hablando de cosas que ni entiendo ni me interesan. Algunos intentan hacerse los simpáticos conmigo y me intimidan. Hay un montón de niños ruidosos, de distintas edades a la mía, con quienes aún no sé cómo relacionarme. Mamá empieza a hablar con toda esa gente nada más que llegamos y pretende que no la moleste en esta situación en la que no me siento seguro. Hay una niña que me persigue, grita mi nombre cerca de mi cara constantemente y me agarra de la mano cuando lo que quiero es que me deje tranquilo. Y cuando por fin encuentro algo que me interesa y la niña me invade por enésima vez, mamá pretende que me deje avasallar y se enfada cuando trato de hacerle entender a la niña que no quiero que me quite eso con lo que estoy jugando y que quiero que me deje tranquilo.

Mamá se comporta de una forma muy extraña hoy y pretende que yo tolere que me quiten eso con lo que estoy jugando. Yo sé que en otra ocasión sin tanta gente ni tanto barullo mamá me hubiera ayudado entreteniendo con algo a esta niña que no me deja tranquilo. Mamá sabe que no está bien que otro niño me quite las cosas con las que estoy jugando, me lo ha dicho muchas veces y a mí tampoco me permite quitarle las cosas a ningún niño, pero ahora parece que quiere que yo desaparezca.

Siento que a mamá no le importa lo que me está pasando. Solo quiere hablar con esa gente y me está dejando solo. Me estaba sintiendo solo y triste,  pero ahora empiezo a estar muy enfadado. Muy muy enfadado, siento un fuego que aún no puedo controlar, dicen los adultos que les cuesta mucho controlarse cuando están enfadados y… cuando mamá me cogió le di un manotazo. Ella se enfadó mucho conmigo. Y de repente me sentí muy triste y empecé a llorar. Mamá estuvo muy seria conmigo todo el camino de vuelta a casa. Parecía enfadada. Ojalá mamá estuviera contenta, así yo también estaría contento.

Un niño “bien educado” y que no moleste ha de tragarse todos estos sentimientos porque “tiene que aprender”. Y si algo le contraría “tiene que aprender a controlarse”, dicen los cánones. El caso es que la parte emocional del cerebro madura mucho antes que la racional. Es justo esa parte racional de desarrollo tardío la que nos permite autocontrolarnos, una habilidad que a los adultos nos sigue costando pero que socialmente les pedimos a los niños desde el minuto uno. Así que un pequeño al que le exigen que se comporte de tal o cual forma “correcta” se encuentra en un atolladero, porque no puede ni autocontrolarse como un adulto ni hacer desaparecer por arte de magia el enfado y la ira que siente.

Niña mirando a través de la ventana
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Entonces al niño empieza a pasarle lo siguiente: Si no puedo mostrar mi enfado a los adultos, voy a descargar esta ira sobre quien pueda: un niño más pequeño, un animal o algún objeto. Esto es así porque las emociones no desaparecen por considerarlas desagradables. Así que si no acompañamos a los niños a atravesarlas, si las negamos, las ignoramos y no escuchamos con apertura cómo se sienten y actuamos en consecuencia, estas emociones tan potentes acaban volcándose en lugares no deseados.

Aquí empieza la larga historia de la pérdida de uno mismo. Porque el niño entiende que no está bien sentir eso que siente. Que debe esforzarse más allá de sus capacidades para encajar en la comodidad adulta. Y empieza a mirar a los adultos en lugar de seguir conectado con aquello que siente. El niño empieza a vivir según las exigencias del exterior. Ese mismo exterior que violenta a las madres y a los niños juzgando negativamente toda manifestación emocional que no sea una sonrisa. Ese mismo exterior patriarcal que ha colonizado incluso el interior de las madres.

Porque nosotras mismas ya desde nuestra infancia hemos tenido que reprimir tanto de nuestro mundo emocional para ser aceptadas que muchas de nosotras aún no hemos podido conquistar nuestra propia independencia emocional. Tanto que aún a día de hoy muchas seguimos necesitando la aprobación externa, lo que nos mantiene sometidas al sistema. Tanto que muchas veces nuestra primera reacción es cumplir con las voces externas como niñas buenas antes que atender las necesidades emocionales de nuestros hijos. Porque si hiciéramos esto último nos convertiríamos en rebeldes, o quizá en algo peor, en traidoras al sistema o incluso a nuestras propias familias, convencidas de que el niño lo que necesita es disciplina.

Esto nos ocurre a muchas. A mí me ocurre. Lo esperanzador es que estamos a tiempo de empezar a preguntarnos a qué estamos respondiendo con cada uno de nuestros juicios. A qué y a quién somos fieles con cada uno de nuestros actos. Qué partes de nuestro pensamiento vienen en formato automático y responden a la forma en que fuimos tratadas de niñas. Y qué es lo que nos va surgiendo hacer cuando podemos sentir el amor por nuestros hijos. Porque el amor no sabe de fidelidad a ninguna directriz ni sistema educativo. Solo sabe de apertura para acoger al otro. Al otro y su desconcierto. Al otro y su tristeza. Al otro y su ira. Ese otro es nuestro hijo, y nos necesita hoy.

Laura Alonso Ortega es Terapeuta especializada en Biografía Humana y Periodista


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