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Empantallados: Tecnología y emociones durante el confinamiento

4 mayo 2020. 9:00 am

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¿Añoramos el contacto o escapamos de él?

De la noche a la mañana la primavera se nos volvió otoño. Un país entero se encerró en casa sin saber hasta cuándo. Las conversaciones sobre el virus infectaban los interiores. Cada smartphone escaneaba incansablemente nuevas noticias. El Éjército y la policía controlaban las calles, los vecinos se denunciaban entre sí y los  debates tenían a los muertos como puntos de marcador. Aquel año, la civilización globalizada llegó a tal punto de colapso que el equinoccio de primavera, rumbo a la vida, viró inesperadamente hacia la muerte. Efectivamente murieron personas. Pero la muerte que nos esperaba a cada uno en este extraño entretiempo no era una muerte por virus, sino un invierno personal. Un invierno interior. 

…no era una muerte por virus, sino un invierno personal. Un invierno interior. 

En aquel tiempo de encierro, mucho se debatía en cada esquina virtual. Pero la única realidad palpable era la del confinamiento. Corrijo la forma verbal: Es la del confinamiento, que nos invita incansablemente al tiempo presente. Confieso que cada día me esfuerzo para aceptar esta invitación al aquí y ahora. Porque aunque mi cuerpo tiene menos espacio vital que nunca, mi mente encuentra trampas a cada paso que enredan el acceso a mi corazón. Esto no es nuevo, constantemente detecto las formas en las que me escapo del contacto emocional con mi pareja y con mi hijo, y trato de librarlas, a veces con más suerte que otras. La dificultad añadida es que ahora las trampas más frecuentes, las tecnológicas, tienen un morbo y un poder de atracción que es muy difícil de resistir. Porque reproducen un discurso de guerra.

¿Qué nos está pasando con las pantallas durante el confinamiento? Tras cada rifirrafe en nuestras redes sociales, tras cada empacho de noticias, tertulias o cine, tan pronto como nos despegamos mínimamente de la tecnología, baja la adrenalina de la pelea o las endorfinas de la dulce evasión cinéfila. Entonces la realidad del encierro vuelve una y otra vez a ponernos frente a  frente con los viejos dolores y monstruos internos que teníamos bajo llave. Hasta que nosotros mismos fuimos encerrados y los monstruos quedaron libres. 

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Foto: Vladimir Fedotov

El confinamiento nos confronta con nuestra soledad. Con nuestra tristeza. Con nuestra ira. Por eso, tan pronto como sentimos algo de esto, volvemos a colgarnos de las pantallas en cualquier ocasión. La tecnología, si bien es una herramienta utilísima y preciosa para mantenernos en contacto con nuestros seres queridos en estos momentos, también se ha convertido en otra cosa distinta a la que nos cuentan. La tecnología al servicio del poder es una adictiva herramienta de control y un enorme coliseo virtual. Tenemos en la palma de la mano el circo con el que el poder en la antigua Roma se aseguraba tener apaciguadas a las masas.

El confinamiento nos confronta con nuestra soledad. Con nuestra tristeza. Con nuestra ira. Por eso, tan pronto como sentimos algo de esto, volvemos a colgarnos de las pantallas en cualquier ocasión.

Y cada vez que me adormezco un poco entrando un ratito en el circo virtual, vuelvo a darme cuenta de que el equinoccio rumbo a la vida ha decidido virar hacia la muerte porque es necesario que algo de nuestra sociedad muera. Algo de un sistema de producción que parasita a la Tierra. Algo de un sistema de trabajo que genera pobreza y exclusión. Algo de una civilización adultocéntrica, que genera un enorme sufrimiento en la infancia sin que sea siquiera detectado. Vuelvo a sentir que la primavera se encamina hacia el invierno y decido vivir lo que la vida me trae. Sin anestesias virtuales. Porque algo en mí ha de  morir también. Es imprescindible para que pueda haber un crecimiento, para vivir un renacer tras esta crisis colectiva y personal que nos atraviesa a todos. 

Si vamos desprendiéndonos de lo que no sirve en este necesario otoño colectivo, podemos probar a ir soltando el móvil para poder abrir los brazos y el corazón, especialmente a los confinados de nuestras propias casas. Dejemos de escapar del contacto con quienes tienen su carne y su hueso aquí y ahora, y convirtámonos en cielo abierto y horizonte amplio para nuestros hijos, parejas, compañeros de piso. Acojámoslos con su miedo, su rabia y su pena. 

Dejemos de escapar del contacto con quienes tienen su carne y su hueso aquí y ahora, y convirtámonos en cielo abierto y horizonte amplio para nuestros hijos, parejas, compañeros de piso.

Reventemos los barrotes de las cárceles interiores que nos han mantenido presos desde hace tantos años. Liberemos algo de nuestro verdadero ser históricamente confinado. Y sobre todo, sintamos. Porque cuando salir está prohibido, el único espacio de libertad posible está en el interior. Y sepamos que cuando los barrotes internos se fundan, ningún decreto podrá confinarnos. Porque amor y libertad son la misma cosa. 

( Laura Alonso Ortega es terapeuta de Biografía Humana y periodista) 


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