obediencia social

Actualidad, psicologia

Obedecer, pertenecer

15 junio 2021. 1:06 am

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O porqué ser más fieles al grupo que a nosotros mismos sirve como estructura de la plandemia

Estamos viviendo momentos que ponen de relieve algo sobradamente sabido y estudiado por la psicología social: que el ser humano es gregario y responde al grupo más que a sí mismo

No en vano, tal y como relata Cristina Martín Jiménez en su libro “La verdad de la pandemia: Quién ha sido y por qué”, el Instituto Tavistock utiliza esa realidad como punto de partida para sus cuestionables ( y cada vez más cuestionados) experimentos, que ya fuera del laboratorio, nos ha tocado vivir en carne propia.

¿Por qué si no, seríamos capaces de aceptar llevar un artefacto tapando nuestros orificios nasales a pesar de que sabemos más que de sobra que sus efectos, lejos de servir para contener el paso de cualquier virus, nos perjudica

La respuesta, tal y como demostró uno de los pioneros en psicología social, Solomon Ash, con el famoso experimento que llevó a cabo en 1951,  está en el poder del grupo y el miedo a la exclusión del mismo.

La presión de grupo puede llegar a ser tan fuerte que llegue a nublar nuestra innata capacidad de raciocinio, como demuestran varios experimentos posteriores en los que se sigue confirmando lo complicado que es encontrar ovejas negras en un rebaño, y lo que somos capaces de hacer por no convertirnos en la nota disonante de la sinfonía que toquen en el momento. 

La presión de grupo puede llegar a ser tan fuerte que llegue a nublar nuestra innata capacidad de raciocinio

¿ Cuántas personas se están inoculando una sustancia experimental de la que no se responsabilizan ni siquiera sus creadores? ¿Cuántos no están de acuerdo pero no ven otra solución para seguir perteneciendo al grupo mayoritario y no ser tachados de negacionistas ni insolidarios?

¿ Cuántas personas se arrepentirán, como el protagonista de estar escena de la serie española “Merlí” , de no haber sido fieles a sí mismas por adaptarse al grupo?

El psicólogo Stanley Milgram se inspiró en los Juicios de Nuremberg, que se realizaron tras la Segunda Guerra Mundial, para realizar el homónimo experimento que demuestra el escalofriante poder de la obediencia

En sus demostraciones, llevadas a cabo en la Universidad de Yale en 1961, quedó expuesto que el miedo a la autoridad y a la desobediencia pueden convertir a un practicante cualquiera en un criminal, tal y como había pasado con los nazis que acababan de juzgar.

¿Cuántos médicos se encontrarán en esa situación? ¿Cuántos estarán siguiendo órdenes y traicionado su Juramento Hipocrático? ¿Cuántos tendrán que responder de ello en los nuevos Juicios de Nuremberg?

La deshumanización y el cumplimiento de roles asignados por una autoridad superior motivaron, 10 años más tarde, a Philip Zimbardo para realizar el famoso “Experimento de la carcel de Standford”, que en realidad se realizó en los sótanos de la famosa Universidad, y que no se pudo terminar por la brutalidad a la que llegaron los estudiantes implicados. 

Una vez más, quedó patente que formar parte de un grupo, y obedecer el papel que se representa dentro de él, está por encima de la conciencia individual.

A comienzos de 2020 se realizó un experimento a gran escala: provocar un shock a la población. Sincronizado. Con normas claras

A comienzos de 2020 se realizó un experimento a gran escala: provocar un shock a la población. Sincronizado. Con normas claras: si te quedabas en casa eras buen ciudadano, y responsable. 

A partir de ahí, la población hermanada, y unida en la lucha contra un invisible enemigo común, aceptó todo lo que le pidieran, tanto el grupo como las autoridades. Por extraño que fuera.

Y así, cosas como bailar zumba en el salón, separar a los niños de los abuelos, aplaudir a las ocho desde la ventana, o saludarse con el codo en lugar de besarse, pasaron a ser normales, aceptadas por el grupo y aplaudidas por las empantalladas autoridades. Y todo lo que saliera de eso sería insolidario, conspiranoico o “negacionista”.

El resto ya es historia. Y el final lo ponemos nosotros.

Porque todos podemos ser esa persona que se queda sentada en la sala de espera, aunque todos se levanten. Porque todos podemos ser quien se cuestiona por qué se levantan, y hacerlo si realmente creemos que tiene sentido.

Porque todos podemos tener la valentía de ser fieles a nosotros mismos.

Y , paradójicamente, el grupo nos aceptará por eso. 

Y puede que incluso nos imite.

Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad

Joshep Göbbels

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